lunes, 19 de noviembre de 2012

AVISO IMPORTANTE
Un cordial saludo a todos lo seguidores del blog, quería comunicarles que por el momento no subiré los libros ya que por desgracia cada vez que lo hago bloquean los link, así que si alguien desea algún libro en particular no duden en escribirme que los enviare lo mas pronto posible, para todas las personas que me escribieron por correo les envié los archivos que me solicitaron, tengo una gama de libros clasificados por sagas y autores, así que escríbanme y dejen sus comentarios en el blog.

martes, 2 de agosto de 2011

Saga Fallen La Trampa del Amor (Passion)


CAPITULO SIETE
SOLSTICIO

HELSTON, Inglaterra - JUNIO 21 de 1854
Las manos de Luce estaban escaladas, y con manchas y sensibles hasta los huesos.
Desde que llego de la finca en el estado de Constances en Helston tres días antes, había hecho poco mas que lavar una pila interminable de platos. Trabajaba de sol a sol, fregando platos y tazones, y botes de salsa y ejércitos enteros de plata, hasta que al fin y al cabo, su nuevo jefe, la Srta McGovern expuso la cena para el personal de la cocina: un plato triste de carne fría, trozos de queso seco, y unos rollos un poco duros.
Cada noche, después de la cena, Luce caía en un sueño sin sueño ni tiempo en la cama del ático que compartía con Enriqueta, su compañera ayudante en la cocina, una chica pechugona con cabello de paja y dientes extraños que había llegado da Helston desde
Penzance.
La cantidad de trabajo era sorprendente.
¿Cómo podía el servicio domestico ensuciar los suficientes platos como para mantener a dos quicas trabajando doce horas seguidas? Sin embargo, los contenedores de alimentos seguían llegando, y la Srta McGovern mantenía sus ojos saltones en el lavabo de Luce.
Para el miércoles, todo el mundo en la finca era un hervidero en la fiesta de Solsticio de esa noche, pero para Luce, solo significaba mas platos. Se quedaba mirando la bañera de agua sucia, llena de odio.
“Esto no es lo que tenía en mente,” le murmura a Bill, quien se movía, siempre, al borde del armario al lado de su tina. Aun no estaba acostumbrada a solo la única en la cocina
 que podía verlo. La ponía nerviosa cada vez que se cernía sobre los otros miembros del personal, haciendo bromas sucias que solo Luce podía oír y nadie – además de Bill – se reía de eso.
“Ustedes los chicos el nuevo milenio no tienen absolutamente nada de ética laboral,” dijo él. “Por cierto, baja la voz.”
Luce aflojo la mandíbula. “Si restregar esta sopa repugnante no tenia nada que ver con mi pasado, mi ética laboral haría que tu cabeza diera vueltas. Pero no tiene sentido.” Agito un sartén de hierro fundido en la cara de Bill. El mango estaba machado con grasa de cerdo.
“Por no mencionar que es nauseabundo.”
Luce sabía que su frustración no tenía nada que ver con los platos. Probablemente sonaba como una malcriada.
Pero apenas y había estado sobre la tierra desde que había empezado a trabajar allí. No había visto a Daniel desde el primer vistazo en el jardín, y no tenia idea de donde estaba su propio pasado. Estaba sola, se sentía apática y deprimida de una manera que no había estado desde los primeros días terribles en Espada y Cruz, antes de que hubiera tenido a
Daniel, antes de haber tenido a alguien con quien realmente pudiera contar.
Había abandonado a Daniel, Miles, y Shelby, Arriane y Gabbe, Callie, y sus padres - ¿todo para qué?
¿Para ser una criada? No, para desentrañar esta maldición, algo que ni siquiera sabia era si era capaz de hacerlo. De manera que Bill penaba que estaña siendo quejumbrosa. No podía evitarlo. Estaba a centímetros de un colapso.
“Odio este trabajo. Odio este lugar. Odio esta estúpida fiesta de Solticio y este estúpido soufflé de faisán-“
“Lucinda estará en la fiesta de esta noche.” Dijo Bill de repente. Su voz estaba irritantemente calmada. “Resulta que adora el soufflé de faisan de Constance.” Revoloteo para sentarse con las piernas cruzadas en la encimera, con la cabeza girando en unos espeluznantes 360 grados alrededor de su cuello para asegurarse de que los dos estuvieran solos.
“Lucinda estará ahí?” Luce dejo caer el sarten y el cepillo en la bañera espumosa. “Voy a hablar con ella. Voy a salir de esta cocina y voy a hablar con ella.”
Bill asintió, como si ese hubiera sido el plan desde el principio. “Solo recuerda tu posición.
Si una versión futura de ti misma hubiera aparecido en una fiesta de esa escuela tuya y te hubiera dicho.”
“Yo hubiera querido saber,” dijo Luce. “Lo que sea que fuera, hubiera insistido en saberlo todo. Hubiera muerto por saberlo.”
“Mmm-hmm. Bueno.” Bill se encogió de hombros. “Lucinda no lo hará. Te lo puedo garantizar.”
“Eso es imposible.” Luce sacudió su cabeza. “Ella es…yo.”
“Nop. Ella es una versión tuya criada por padres completamente diferentes en un mundo muy diferente. Ustedes comparten un alma, pero no es nada como tu. Ya lo veras.” Le dio una sonrisa enigmática. “Solo procede con precaución.” Los ojos de bill se dispararon hacia la puerta de enfrente de la gran cocina, la cual se abrió abruptamente. “¡Te ves animada, Luce!”
Golpeo los pies contra la bañera y dejo escapar un suspiro ronco, conteniendo un jadeo justo cuando la Srta McGovern entraba, tirando a Henrietta del codo. La criada principal estaba haciendo una lista de los cursos para la ena de la noche.
“Después de las ciruelas cocidas…” zumbó.
Del otro lado de la cocina, Luce le susurró a Bill. “No hemos terminado con esta conversación.”
Sus pies de piedra salpicaron espuma contra su delantal. “¿puedo aconsejarte que dejes de hablarle a tus amigos invisibles mientras estés trabajando? La gente va a pensar que estás loca.”
“Yo misma estoy empezando a preguntármelo.” Luce suspiro y se paro derecha, sabiendo que era todo lo que iba a conseguir de Bill, al menos hasta que los otros se fueran.
“Espero que tu y Myrtle estén en plena forma esta noche,” dijo la Srta McGoverns de voz alta a Henrietta, dándola una rápida mirada a Luce.
Myrtle. El nombre que había proyectado en las cartas de referencia.
“Si, señorita,” dijo Luce rotundamente.
“¡Si, señorita!” no había sarcasmo en la respuesta de Henrietta. A Luce le hubiera agradado Henrietta lo suficientemente bien, si pasara por alto el hecho que la niña necesitaba un baño.
Una vez que la señorita McGovern salió apresuradamente de la cocina y las dos niñas se quedaron solas, Henrietta salto sobre la mesa junto a Luce, balanceando sus botas negras de un lado a otro. No tenía idea de que Bill estaba sentado a su lado, imitando sus movimientos.
“¿Quieres una ciruela?” le pregunto Henrietta, tirando de dos esferas de color rubi del bolsillo de su delantal y sosteniendo uno para Luce.
Lo que a Luce le gustaba más de esta chica era que nunca hacia nada de trabajo a menos que la jefa estuviera en la habitación. Cada una de ellas dieron un mordisco, sonriendo mientras el dulce jugo goteaba por los lados de su boca.
“Creí haberte escuchado hablar con alguien,” dijo Henrietta. Levanto una ceja.
“¿Tienes algún compañero, Myrtle? Oh por favor, ¡no digas que es Harry el de los establos!
Es un sinvergüenza, de verdad.”
En ese momento, la puerta de la cocina se volvió a abrir, haciendo que las dos chicas saltaran, dejando caer la fruta para luego fingir que lavaban el plato mas cercano.
Luce esperaba a la señorita McGovern, pero se congelo cuando vio a dos hermosas niñas con vestidos de seda blanca a juego, gritando de risa mientras atravesaban la cocina sucia.
Una de ellas era Arriane.
La otra - a Luce le tomo un momento ubicarla – era Anabelle. La chica ardiente en rosa que Luce había conocido solo por un momento durante el día de los Padres, durante el camino de regreso a Espada y Cruz. Se había presentado a si misma como la hermana de Arriane.
Alguna hermana.
Henrietta mantuvo su mirada baja, como si ese juego de etiquetas a través de la cocina fuera un hecho normal, como si se pudiera meter en algún problema si fingía si quiera mirar a las dos chicas – quienes, por cierto no habían visto a Luce o a henrietta. Eran como la servidumbre mezclada con ollas y sartenes sucios.
O bien Arriane y Annabelle se estaban riendo demasiado. A medida que se apretaban mas contra la mesa de la repostería, Arriane agarro un puñado de harina de la losa de mármol y se lo tiro en la cara a Anabelle.
Durante medio segundo, Anabelle pareció furiosa, y luego empezó a reír aun mas, tomando su propio puñado para arrojárselo a Arriane.
Ambas estaban jadeando por aire para cuando atravesaron la puerta trasera, hacia el pequeño jardín, donde el sol brillaba, y donde podía estar Daniel y a donde Luce se estaba muriendo por ir.
Luce no podía haber precisado lo que estaba sintiendo si lo hubiera intentado – ¿sorpresa o vergüenza, admiración o frustración?
Todo se debió haber reflejado en su rostro, ya que Henrietta la miro a sabiendas, y se inclino para susurrarle, “Esas llegaron anoche. Los primos de alguien de Londres, están en la ciudad para la fiesta.” Camino hacia la mesa de los pasteles. “Por poco destruyen el pastel de fresa con sus travesuras. Oh, debe ser encantador, ser rico. Tal vez en nuestras próximas vidas, ¿ah, Myrtle?”
“Ja.” Fue todo lo que Luce pudo pronunciar.
“Me voy a poner la mesa, por desgracia,” dijo Henrietta, sosteniendo una pila bajo su brazo color rosa carnoso. “¿Por qué no tenemos un puñado de harina preparada en caso de que vuelvan las niñas?” le guiño el ojo a Luce y empujo para abrir la puerta y desapareció por el pasillo.
Alguien más apareció en su lugar: un chico, tan bien con el atuendo de criado, su cara escondida detrás de una gran caja de comestibles. La coloco sobre la mesa de la cocina donde estaba Luce,
Ella observo la mirada en su rostro. Al menos, al haber acabado de ver a Arrian, estaba un poco mas preparada.
“¡Roland!”
Él se estremeció cuando miro hacia arriba, y entonces logro recomponerse. Mientras caminaba hacia ella, era su atuendo del que no podía apartar la mirada. Señalo a su delantal. “¿Por qué estas vestida así?”
Luce tiro de la corbata de su delantal, haciéndola a un lado. “No soy quien crees que soy.”
Él se detuvo frente a ella y la miró, volviendo su cabeza ligeramente hacia la izquierda, luego hacia la derecha. “Bueno, tu eres la viva imagen de otra chica que conozco. ¿Desde cuando los Biscoes se mezclan con la gentuza?”
“¿Los Biscoes?”
Roland levanto una ceja, sorprendido. “¿Oh, ya entiendo. Estas jugando a ser alguien mas.
¿Cómo te llamas a ti misma?”
“Myrtle,” dijo Luce miserablemente.
“Y no eres la Lucinda Biscoe a la quien le servi una tarta de membrillo en la terraza hace dos días?”
“No.” Luce no sabia que decir, como convencerlo. Se volvió hacia Bill pro ayuda, pero había desaparecido antes que se diera cuenta. Por supuesto. Roland, como ángel caído que era, hubiera sido capaz de ver a Bill.
“¿Qué diría el padre de la señorita Biscoe si viera a su hija aquí abajo, llena de grasa hasta los codos?” Roland sonrió. “Es una buena broma para él.”
“Roland, esto no es una-“
“De todas forma, ¿Qué estas escondiendo alili?” Roland sacudió la cabeza hacia el jardín.
Un ruido metálico en la despensa a los pies de Luce revelo que Bill se había ido. Parecía estar enviándole algún tipo de señal, solo que no tenia idea de lo que era. Bill probablemente quería que se quedara callada, pero, ¿Qué iba a hacer él? ¿Salir y detenerla?
Una fina capa de sudor era visible en la frente de Roland. “¿Estamos solos, Lucinda?”
“Absolutamente.”
Él inclino la cabeza hacia ella y esperó. “Yo no siento que lo estemos.”
La unía otra presencia en la habitación era la de Bill. ¿Cómo podía sentirlo Roland como Arriane no lo había hecho?
“Mira, de verdad no soy quien crees,” volvió a decir Luce. “Soy Lucinda, pero yo – vengo del futuro – de hecho, es difícil de explicar.” Ella respiro profundo. “Naci en Thunderbolt, Georgia…en 1992.”
“Oh.” Roland tragó. “Bueno, bueno.” Cerró los ojos y empezó a hablar muy lentamente: “Y las estrellas en el cielo cayeron a la tierra, igual que loshigos arrancados de un árbol en una tormenta…”
Las palabras eran crípticas, pero Roland las recitaba desde el alma, como si estuviera citando su línea favorita de alguna vieja canción de blues. El tipo de canción que lo había escuchado cantar en una fiesta de karaoke en Espada y Cruz. En ese momento, parecía el Roland que había conocido en casa, como si se hubiera escapado de ese personaje victoriano por un rato.
Solo que, había algo mas en sus palabras. Luce las reconoció de algún lado. “¿Qué es eso?
¿Qué significa?” pregunto.
El armario se sacudió de nuevo. Esta vez mas fuerte.
“Nada.” Los ojos de Roland se abrieron y volvió de regreso a su estilo victoriano. Sus manos eran fuertes y callosas, y sus bíceps eran más grandes de lo que ella había visto la última vez. Su ropa estaba empapada de sudor sobre su piel oscura. Se le veía cansado.
Una pesada tristeza cayó sobre Luce.
“¿Eres sirviente de aquí?” le preguntó ella. “Los otros – Arriane – suelen correr por aquí y… pero tú tienes que trabajar, ¿no es así? Solo porque eres –“
“¿Negro?” dijo Roland, sosteniendo su mirada hasta que ella aparto la suya, incomoda.
“No te preocupes por mí, Lucinda. He sufrido más que la locura mortal. Además, tendre mi día.”
“Eso suena mejor,” dijo ella, sintiendo que cualquier garantía que ella le diera seria trivial e insustancial, preguntándose y lo que le había dicho era verdad. “La gente puede ser mala.”
“Bueno. No nos podemos preocupar mucho por ellos, ¿o si?” Roland sonrió. “De todas formas, ¿Qué te trajo de vuelta a aquí, Lucinda? ¿Daniel lo sabe? ¿Cam lo sabe?”
“¿Cam también esta aquí?” Luce no debería haber estado sorprendida, pero lo estaba.
“Si mi tiempo es correcto, probablemente este llegando a la ciudad.”
Luce no se podía preocupar por eso justo ahora. “Daniel no lo sabe, aun no,” admitió ella.
“Pero necesito encontrarlo, y también a Lucinda. Tengo que saber-“
“Mira,” dijo Roland, alejándose de Luce, levantando las manos, casi como si ella fuera radioactiva. “No me vistes aquí hoy. No tuvimos esta conversación. Pero no puedes simplemente buscar a Daniel-“
“Lo se,” dijo ella. “Se asustara.”
“¿’Asustarse’?” Roland intento suprimir el hecho de que la frase sonara extraña, haciendo que por poco Luce se echara a reír. “Si te refieres a que puede enamorarse de esta tu” – la señaló – “entonces si. Es realmente muy peligroso. Aquí eres una turista mas.”
“Bien, entonces soy una turista. Pero al menos puedo hablarles.”
“No, no puedes. Tu no habitas en esta vida.”
“No quiero habitar nada. Solo quiero saber por qué – “
“El que estés aquí es peligroso – para ti, para ellos, para todos. ¿Lo entiendes?”
Luce no entendía. ¿Cómo podría ella ser peligrosa? “No quiero quedarme aquí. Solo quiero saber porqué sigue pasando esto entre Daniel y yo – quiero decir, entre Lucinda y
Daniel.”
“Eso es precisamente lo que quiero decir.” Roland paso su mano por su rostro, y le dio una mirada dura. “Escúchame: Puedes observarlos desde la distancia. Puedes – no se – mirar por las ventanas. Siempre y cuando no sepas que no puedes tomar nada de aquí.”
“Pero ¿Por que no puedo simplemente hablar con ellos?”
Él se dirigió hacia la puerta, la cerró y puso el cerrojo. Cuando se dio la vuela, su rostro estaba serio. “Escucha, es posible que puedas hacer algo que cambie su pasado, algo que traspase el tiempo y lo reescriba todo de manera que tu – Lucinda del futuro – lograras cambiar.
“Entonces tendre cuidado-“
“No hay cuidado. Eres un toro en una tienda china de amor. No tendras manera de saber lo que has roto o que tan valioso podría ser. Cualquier cambio que apruebes no será obvio. No habrá un gran letrero que diga SI GIRA A LA DERECHA, SERÁ UNA PREINCESA, Vs SI GIRA A LA IZQUIERDA, SEGUIRÁ SIENDO UNA CRIADA PARA SIEMPRE.”
“Vamos Roland, ¿No crees que tengo objetivos ligeramente as elevados que terminar siendo una princesa?” dijo Luce en voz alta.
“¿Podría aventurar una hipótesis que diga que hay una maldición a la que le quieres poner fin?”
Luce parpadeó, sintiéndose estúpida.
“Correcto, entonces, ¡suerte!” Roland se echo a reír brillantemente. “Pero incluso si tienes éxito, no lo sabras, querida. ¿El momento en el que cambies tu pasado? Ese evento será como siempre ha sido. Y todo lo que viene después de eso será como siempre ha sido. El tiempo después lo arreglara todo. Y eres solo una parte de eso, de manera que no sabras la diferencia.”
“Tendría que saberlo,” dijo ella, esperando que al decirlo en voz alta lo hiciera verdad.
“Seguramente he tenido alguna sensación – “Roland sacudió su cabeza. “No. Pero sin duda, antes de que puedas hacer algo bueno, distorsionarás el futuro al hacer que el Daniel de esta época se enamore de ti en lugar de la imbécil pretenciosa de Lucinda Biscoe.”
“Necesito conocerla. Necesito ver porqué se aman el uno al otro – “Roland volvió a sacudir su cabeza. “Sera aun peor involucrarse con tu versión del pasado,
Lucinda. Daniel al menos conoce los peligros y puede cuidarse a si mismo de manera que no pueda alterar drásticamente el tiempo. ¿Pero Lucinda Biscoe? Ella no sabe nada.”
“Ninguno de nosotros lo sabe,” dijo Luce de repente con un nudo en su garganta.
“A esta Lucinda, no le queda mucho tiempo. Déjala pasarlo con Daniel. Déjala ser feliz. Si das un solo paso en su mundo y algo cambia para ella, también cambiara para ti. Y eso podría ser mas desafortunado.”
Roland sonó como una versión mas agradable y menos sarcástica de Bill. Luce no quería escuchar nada mas de las cosas que no podía hacer, que no debería hacer. Si tan solo pudiera hablarse a su versión del pasado –
“¿Qué pasa si Lucinda pudiera tener mas tiempo?” preguntó ella. “¿Qué pasa si – “
“Es imposible. Si cualquier cosa pasa, solo acelerarás su fin. No vas a cambiar nada con el hecho de hablar con Lucinda. Solo harás un desastre de tus vidas pasadas junto con la actual.”
“Mi vida actual no es un desastre. Y puedo arreglar las cosas. Tengo que hacerlo.”
“Supongo que todavía esta por verse. La vida de Lucinda Biscoe se acaba, pero tu final aun no esta escrito.”
Roland se sacudió las manos sobre los muslos de su pantalón. “Tal vez si haya algún cambio que puedas hacer en tu vida, en la gran historia entre Daniel y tu. Pero n lo haras aquí.”
Mientras Luce sentía que sus labios se tornaban en un puchero, el rostro de Roland se suavizo.
“Mira,” dijo él. “Al menos yo estoy feliz de que estés aquí.”
“¿Lo estas?”
“Nadie mas te dira esto, pero estamos muy arraigados contigo. No se lo que te trajo aquí o como fue posible el viaje. Pero tengo que creer que es una buena señal.” La estudió hasta que ella se sintió ridícula. “Estas siendo tu misma, ¿verdad?”
“No lo se,” dijo Luce. “Eso creo. Solo intento entenderlo.”
“Bien.”
Una voces en el pasillo hicieron que Roland de repente se alejara de Luce, hacia la puerta.
“Te veré esta noche,” dijo él, abriendo la puerta para luego salir silenciosamente.
Tan pronto como Rolan desapareció, la puerta del armario se abrió, golpeando la parte posterior de su pierna. Bill salió, jadeando por aire sonoramente como si hubiera estado conteniendo la respiración todo el tiempo.
“¡Podría arrancarte el cuello ahora mismo!” dijo él, su pecho agitado.
“No se porqué estas sin aliento. No es como si pudieras al menos respirar.”
“¡Es para el efecto! Todos los problemas por los que tengo que atravesar para camuflarte aquí y vas y te le revelas al primer chico que cruza la puerta.”
Luce puso los ojos en blanco. “Roland no va a hacer nada por verme aquí. Él es agradable.”
“Oh, él es tan agradable,” dijo Bill. “Es tan inteligente. Si es tan agradable, ¿Por que no te dijo lo que yo se sobre no mantener la distancia con tu versión del pasado? Sobre lograr” – se detuvo dramáticamente, abriendo sus ojos de piedras – “entrar
Ahora ella fue la que se inclino hacia adelante. “¿De que estas hablando?”
Él cruzó los brazos sobre su pecho y chasqueó su lengua de piedra. “No te estoy diciendo.”
“¡Bill!” declaró Luce.
“De todos modos, todavía no. Primero veamos como te va esta noche.”
Cerca de anochecer, Luce tuvo su primer descanso en Helston. Justo antes de l cena, la
Srta McGovern le anuncio a toda la cocina que el personal frente a la casa necesitaba unas cuantas manos extra para la fiesta. Luce y Henrietta, las dos jóvenes mas fregonas y las mas desesperadas por la fiesta venidera, fueron las primeras levantar las manos para ofrecerse como voluntarias.
“Bien, bien.” La Srta. McGovern apunto los nombres de las niñas, sus ojos persistentes en el cabello de Henrietta, parecido a un trapeador. “Con la condición de que se bañen.
Ambas. Apestan a cebollas.”
“Si señorita,” intervinieron las dos niñas, aunque tan pronto como su jefa dejo la habitación, Henrietta se volvió hacia Luce.
“¿Tomar un baño antes de la fiesta? ¿Y arriesgarme a que mis uñas se vuelvan débiles?
¡LA señorita esta loca!”
Luce se echo a reír pero se sentía secretamente extasiada mientras llenaba la bañera detrás de la bodega. Solo podía llevar la suficiente agua hirviendo como para obtener un baño de agua tibia, pero se deleitaba demasiado con la espuma y con la idea de que esta noche, por fin, iba a ver a Lucinda. ¿Lograría ver a Daniel también? Se puso uno de los vestidos limpios de Henrietta para la fiesta. A las ocho en punto de esa noche, los primeros invitados empezaron a llegar a través de la entrada peatonal incorporada en la entrada norte de la finca.
Observando desde la ventana en frente del pasillo mientras la caravana de las luces pertenecientes a las lámparas de los carros se detenían en la entrada circular, Luce temblaba. El vestíbulo se sentía caliente con la actividad. A su alrededor los otros sirvientes zumbaban, pero Luce aun seguía allí de pie. Podía sentirlo: un temblor en el pecho que le decía que Daniel estaba cerca.
La casa se veía hermosa. Luce había recibido una visita muy breve por parte de la señorita McGovern desde que hubo comenzado la mañana, pero ahora, bajo el resplandor de tantos candelabros, casi no reconocía el lugar. Era como si hubiera entrado en una película de Merchant-Ivory (1). Macetas altas con lirios violetas se alineaban en la entrada, y los muebles tapizados de terciopelo habían sido empujados contra las paredes empapeladas de flores para hacer espacio para los invitados.
Pasaban por la puerta principal de a dos y de a tres, invitados tan viejos como la señora de cabello blanco Constance y tan jovenes como la misma Luce. Con los ojos brillantes y envueltas en mantos blancos de verano, las mujeres hacían una reverencia a los hombres con chalecos y trajes elegantes. Camareros recubiertos de negro pasaban a toda prisa por el vestíbulo grande y abierto, ofreciendo copas de cristal con champagne.
Luce encontró a Henrietta cerca de las puertas del salón principal de baile, el cual se veía como una cama adornada de flores: Extravagante, de colores brillantes, en organza, y seda, y diversas fajas llenaban la habitación. La mas joven de las chicas llevaba ramos de flores brillantes, haciendo que la casa se oliera a verano.
La tarea de Henrietta consistía en recoger las mantas de las señoras a medida que entraban. A Luce se le había pedido distribuir las tarjetas de baile – con apariencia de folletos y escudo incrustado de joyas de la familia Constance en la portada y la lista del conjunto de la orquesta en su interior.
“¿Dónde están todos los hombres?” le susurro Luce a Henrietta.
Henrietta resopló. “¡Esa es mi chica! En la sala de fumadores, por supuesto.” Sacudió su cabeza hacia la izquierda, donde el pasillo se perdía en las sombras. “Donde se harán los inteligentes hasta que la cena sea servida, si me preguntas. ¿Quién quiere oír todas esas charlas sobre alguna guerra en Crimea? Estas chicas no. Yo tampoco. Y tu tampoco,
Myrtle.” Entonces las delgadas cejas de Henrietta se levantaron y señalo hacia las ventanas francesas.
“Oof, hable demasiado pronto. Parece que uno de ellos se ha escapado.”
Luce se dio la vuelta. Un hombre solo estaba de pie un la habitación llena de mujeres. Su espalada estaba hacia ellas, mostrando nada salvo una melena de color negro y una chaqueta de cola larga. Estaba hablando con una mujer rubia quien llevaba un vestido de fiesta de un suave color rosa. Sus pendientes en forma de candelabro con diamantes brillaron mientras volvía la cabeza – y bloqueó la vista de Luce.
Gabbe.
El hermoso ángel parpadeo un par de veces, como si tratara de decidir que Luce era una aparición. Luego inclino la cabeza muy ligeramente al hombre que estaba hablando con ella, como si quisiera enviarle una señal. Incluso antes de que se diera toda la vuelta, Luce reconoció el perfil limpio y afilado.
Cam.
Luce se quedo sin aliento, dejando caer todos los folletos de baile. Se inclino y torpemente empezó a recoger las muestras del suelo. Luego se las puso en las manos a Henrietta y se agacho para salir de la habitación.
“¡Myrtle!” dijo Henrietta.
“Regreso enseguida,” susurro Luce, corriendo por la escalera larga y curva antes que
Henrietta pudiera siquiera contestar.
La Srta McGovern enviaría a Luce a empacar sus cosas tan pronto como se enterara que había abandonado su puesto – y las costosas tarjetas – en el salón de baile. Pero ese era el menor de sus problemas. No estaba preparada para lidiar con Gabbe, no cuando necesitaba enfocarse en Lucinda.
Y tampoco quería que Cam estuviera por ahí. En su propia vida o en cualquier otra. Se estremeció, recordando la forma en que había apuntado la flecha directo a lo que él pensaba que era ella la noche en que el Desterrado intentó alejar su reflexión hacia el cielo.
Si tan solo Daniel estuviera aquí…
Pero no lo estaba. Todo lo que Luce podía hacer era desear que estuviera esperando por ella – y no demasiado furioso – cuando ella resolviera lo que estaba haciendo y volviera a su hogar en el presente.
En la cima de las escaleras, Luce se lanzo dentro de la primera habitación que encontró.
Cerró la puerta detrás de ella y se recostó en su contra para tomar aliento.
Estaba sola en una sala inmensa. Era una habitación maravillosa con un sofá de felpa de marfil tapizado y un par de sillas de cuero en torno a un clavicordio pulido.
Cortinas de un rojo profundo abrazaban las tres grandes ventanas a lo largo del muro. El fuego crepitaba en el hogar.
Junto a Luce había una pared llena de estanterías, hileras e hileras espesas, volúmenes encuadernados en cuero que se extendían desde el suelo hasta el techo, tan altos que incluso había una de esas escaleras que se rodaban a través de los estantes.
Había un atril en la esquina, y algo en eso llamo la atención de Luce. Ella nunca había puesto un pie en el piso de arriba de la casa Constance, y sin embargo: un paso en la gruesa alfombra persa corrió por alguna parte de su memoria y le dijo que ya había visto
todo eso anteriormente.
Daniel. Luce recordó la conversación que había tenido con Margaret en el jardín. Habían estado hablando acerca de su pintura. Él estaba haciendo su vida como artista. El caballete en la esquina – debía ser donde trabajaba.
Se movió hacia el. Tenia que ver lo que había pintado.
Justo antes que lo alcanzara, un trío de voces altas la hizo saltar.
Estaban justo afuera de la puerta.
Se congeló, mirando la manija de la puerta mientras alguien le daba vuelta desde la puerta. No tenia ninguna opción salvo deslizarse detrás de la espesa cortina de terciopelo rojo y esconderse.
Hubo un murmullo, el cierre de una puerta y un suspiro. Seguido por una ronda de risas.
Luce ahueco su mano sobre su boca y se inclino ligeramente hacia afuera, lo suficiente
como para mirar alrededor de la cortina.
Lucinda estaba a unos tres metros. Estaba vestida con una fantástica bata blanca, un paño de seda igual a un corpiño y un corsé. Su cabello oscuro estaba atado en lo alto de su cabeza en una serie de rizos brillantes. Su collar de diamantes brillaba contra su piel pálida, dándole un aire tan real que casi la dejo sin aliento. Su versión del pasado era la criatura mas elegante que Luce había visto.
“Esta radiante esta noche, Lucinda,” dijo una voz suave.
“¿Thomas te volvió a llamar?” otra broma.
Y luego las otras dos chica – luce reconoció a una como Margaret, la hija mayor de
Constance, la que había caminado en el jardín junto a Daniel. La otra, una replica mas fresca de Margaret, debía ser la hermana menor. Se veía como de la edad de Luce. Le hacia bromas como una buena amiga.
Y también estaba en lo correcto – Lucinda estaba radiante. Tenia que ser por Daniel.
Lucinda se dejo caer en el sillón de marfil y suspiro de una manera en la que Luce nunca lo hacia, una vista melodramática que pedía atención. Luce supo instantáneamente que Bill estaba en lo correcto: ella y su versión del pasado no eran para nada parecidas.
¿Thomas?” Lucinda arrugo su pequeña nariz. “EL padre de Thomas era un registrador común – “
“¡No es así!” dijo la hija mas joven. “Es un registrador poco común! Es rico.”
“Aun así, Amelia,” dijo Lucinda extendiendo su falda alrededor de sus tobillos estrechos.
“Es prácticamente de clase media.”
Margaret se sentó en el borde de la silla del amor. “No pensabas tan pobremente de él la semana pasada cuando te trajo ese Bonnet de Londres.”
“Bueno, las cosas cambian. Y sí amo un dulce Bonnet.” Lucinda frunció el ceño. “Pero
dejando a un lado los bonnets voy a decirle a mi padre que no le permita volver a llamarme.”
Tan pronto como dejo de hablar, el ceño fruncido de Lucinda se covirtio en sonrisa soñadora y empezó a tararear.
Las otras chicas la observaban incrédulas mientras cantaba en voz baja para si misma., acariciando el encaje y mirando por la ventana, a solo unos centímetros de distancia del escondite de Luce.
“¿Qué le pasa?” Amelia le susurro a su hermana.
Margaret resopló. “Esta siendo ella”
Lucinda se puso de pie y camino hacia la ventana, haciendo que Luce se retirara hacia
atrás de la cortina. Su piel se enrojeció, y podía escuchar el zumbido de la voz de Lucinda Biscoe a pocos centímetros de distancia. Se oyeron pasos, como si Lucinda se hubiera apartado de la ventana y una extraña canción rompió abruptamente.
Luce se atrevió a dar otra mirada desde detrás de la cortina. Lucinda había ido hacia el caballete, donde se detuvo, paralizada.
“¿Qué es esto?” Lucinda le mostro el lienzo a sus amigas. Luce no lo podía ver claramente, pero se veía bastante común. Solo algún tipo de flor.
“Eso es el trabajo del señor Grigori,” dijo Margaret. “Sus dibujos dieron mucho que prometer cuando llego por primera vez, pero me temo que hay algo mas. Han pasado tres largos días de no tener nada salvo peonias. (2)” Se encogió de hombros, tensa. “Extraño.
Los artistas son tan extraños.”
“Oh, pero es atractivo, Lucinda.” Amelia tomo a Lucinda de la mano. “Debemos presentarte al señor Grigori esta noche. Tiene un cabello rubio tan adorable, y sus ojos… oh, ¡sus ojos podrían hacer que te derritieras!”
“Si Lucinda es demasiado buena para Thomas Kennington y todo su dinero, dudo mucho que un simple pintor este a su altura.” Margaret hablo tan fuerte que a Luce le quedo claro que debía tener sentimientos hacia Daniel.
“Me gustaría conocerlo,” dijo Lucinda, a la deriva de nuevo en su suave zumbido.
Luce contuvo el alentó. Entonces ¿Lucinda aun no lo había conocido? ¿Cómo era posible cuando estaba tan claramente enamorada?
“Entonces vamos,” dijo Amelia, tirando de la mano de Lucinda. “Nos perdemos de la mitad de la fiesta chismoseando aquí.”
Luce tenia que hacer algo. Pero por lo que Bill y Roland, era imposible salvar su vida pasada. Demasiado peligroso para siquiera intentarlo. Incluso si se las arreglaba de alguna manera, el ciclo que Lucinda viviría después de esta noche se veria alterado. La misma
Luce se podía ver alterada. O peor.
Eliminada.
Pero tal vez había una manera de que Luce al menos advirtiera a Lucinda. Así ella no entraría en una relación cegada por el amor. Así no moriría como un peon de castigo sin una pizca de comprensión. Las chicas casi habían salido cuando Luce encontró el valor para dar un paso desde detrás de la cortina.
“¡Lucinda!”
Su versión del pasado se dio la vuelta; sus ojos entornados cuando cayo el vestido de sirvienta de Luce. “¿Has estado espiándonos?”
Ninguna chispa de reconocimiento se registro en sus ojos. Era extraño que Roland hubiera confundido a Luce con Lucinda en la cocina pero la misma Lucinda parecía no ver semejanza entre ellas. ¿Qué vio Roland que esta chica no podía ver? Luce respro profundo
y se obligo a si misma a continuar con endeble plan. “N-no te espiaba, no,” balbuceo.
“Necesito hablar contigo.”
Lucinda se echo a reír y miro a sus dos amigas. “¿Disculpa?”
“¿No eras tu la que sostenía las tarjetas de baile?” le pregunto Margaret a Luce. “Mamá no estará feliz de oír que eres una negligente en tus deberes. ¿Cuál es tu nombre?”
“Lucinda.” Luce se acerco y bajo la voz. “Es sobre el artista. El señor Grigori.”
Lucinda encontró la mirada de Luce, y algo parpadeo entre ellas. Lucinda parecía incapaz de alejarse. “Ustedes vayan sin mi,” le dijo a sus amigas. “Bajaré en un momento.”
Las dos chicas intercambiaron miradas confundidas, pero era claro que Lucinda era la líder del grupo.
Sus amigas se deslizaron por la puerta sin otra palabra.
Dentro de la sala, Luce cerro la puerta.
“¿Qué es tan importante?” preguntó Lucinda, entonces se entrego con una sonrisa. “¿Te preguntó por mi?”
“No te involucres con él,” dijo Luce rápidamente. “Si te encuentras con él esta noche, vas a pensar que es atractivo. Vas a querer enamorarte de él. No lo hagas.” Luce se sintió horrible al hablar de Daniel en términos tan duros, pero era la única forma de salvar su versión del pasado.
Lucinda Biscoe resoplo y se dio la vuelta para retirarse.
“Conocí a una chida de, um – Derbyshire,” continuó Luce, “quien me contó todo tipo de historias en cuanto a su reputación. Ha herido a muchas otras chicas. Él ha – él las ha destruido.”
Un sonido de sorpresa se escapo de los labios color rosa de Lucinda. “¡Como te atreves a hablarle así a una dama! ¿Quién te crees que eres? Si conozco a este artista o no, no es de tu incumbencia.” Señalo con el dedo a Luce. “¿Estas enamorada de él, tu pequeña egoísta?”
“¡No!” Luce se sacudió hacia atrás como si hubiera recibido una bofetada.
Bill le había advertido que Lucinda era muy diferente, pero este lado feo de Lucinda no podía ser todo lo que tenía. Por otro lado, ¿Por que la amaría Daniel? Por otro lado,
¿Cómo podría ser una parte del alma de Luce?
Algo más profundo tenia que conectarlas.
Pero Lucinda estaba inclinada sobre el clavecín, garabateando una nota en una hoja de papel. Se enderezó, la doblo en dos, y la puso en las manos de Luce.
“No le reportaré tu imprudencia a la Srta. Constance,” dijo, mirando a Luce con altivez,
Si le entregas esta nota al Sr Grigori. No pierdas al oportunidad de salvar tu empleo.” Un segundo mas tarde no era nada sino una silueta blanca deslizándose por el corredor, escaleras abajo, de regreso a la fiesta.
Luce desdobló la nota.
Estimado Sr. Grigori.
Desde lo sucedido el otro día en el vestidor, no puedo sacarlo de mi mente. ¿Se encontraría conmigo en la glorieta esta noche a las nueve en punto? Estaré esperando.
Suya eternamente,
Lucinda Biscoe.
Luce rompió la carta en pedazos y los tiro en el fuego del salón. Si nunca le entregaba la nota a Daniel, Lucinda estaría sola en el mirador. Luce podía salir y esperarla e intentar advertirle una vez mas.
Corrió hasta la sala e hizo un giro brusco hacia la escalera de servicio hacia la cocina. Paso corriendo junto a los cocineros y pasteleros y Henrietta.
“¡Nos meterás a ambas en problemas, Myrtle!” le grito la chica a Luce, pero Luce ya estaba fuera de la puerta.
El aire de la noche era fresco y seco contra su rostro mientras corría. Eran casi las nueve en punto, pero el sol aun se estaba poniendo sobre los arboles del bosque en el lado occidental de la propiedad. Arranco por el camino de rosas, mas allá del jardín de un embriagador y rebosante perfume dulce de rosas, pasando por el laberinto de seos.
Su mirada se poso en el lugar donde había caído en esta vida. Sus pies machacaban por el camino hacia la glorieta vacía. Se hubo detenido por poco tiempo cuando alguien la agarro por el brazo.
Se dio la vuelta.
Y termino nariz con nariz frente a Daniel.
Un ligero viento soplo su cabello rubio sobre la frente. Con su traje negro formal con la cadena de reloj de oro y una pequeña peonia blanca prendida en la solapa, Daniel era aun mas hermoso de lo que recordaba. Su piel se veía clara y resplandeciente con el resplandor del sol poniente. Sus labios celebraban la mas mínima sonrisa. Sus ojos ardían en un violeta ante la vista de ella.
Un suave suspiro se le escapo. Dolía por inclinarse unas pulgadas y presionar sus labios con los de él. Para envolver sus brazos a su alrededor y sentir el lugar en sus hombros anchos, donde se desplegaban sus alas. Quería olvidar aquello por lo que había venido aquí, y simplemente sostenerlo, y dejar que la sostuviera. No había palabras para explicar cuanto lo había extrañado. No. Esta visita se trataba de Lucinda.
Daniel, su Daniel estaba muy lejos en este momento. Era difícil imaginar lo que estaba haciendo o en lo que estaba pensando. Era incluso mas duro imaginar su reunión al final de todo esto. Pero ¿No era eso de lo que se trataba su búsqueda? ¿Descubrir lo suficiente de su pasado de manera que pudiera estar realmente con Daniel en el presente?
“No se supone que debas estar aquí,” le dijo a Daniel. Él no podría haber sabido que
Lucinda quería encontrarse con él aquí. Pero ahí estaba. Era como si nada pudiera entrometerse en el camino de su reunión – estaban atraídos el uno al otro, sin importar que.
La risa de Daniel era precisamente la misma risa a la que Luce estaba acostumbrada, la que había escuchado la primera vez en Espada y Cruz, cuando Daniel la besó; la risa que amaba. Pero este Daniel no la conocía realmente. No sabia quien era ella, de donde venia, o lo que estaba intentando.
“Se supone que tu tampoco deberías estar aquí.” Sonrió. “En primer lugar, se supone que deberíamos estar bailando adentro, y luego, después de que nos hayamos conocido, se supone que debo llevarte a dar un paseo bajo la luna. Pero el sol aun no se ha puesto. Lo cual significa que todavía hay una gran cantidad de bailes por hacer.” Le extendió la mano.
“Mi nombre es Daniel Grigori.”
Ni siquiera había notado que estaba vestida con el uniforme de sirvienta en lugar de un vestido de fiesta, que no actuaba en absoluto como una niña británica adecuada.
Simplemente había puesto sus ojos en ella, pero como Lucinda, Daniel ya estaba cegado por el amor.
Al ver todo esto desde un nuevo ángulo puso una extraña claridad en su relación. Era maravillosa, pero trágicamente de poca visión. ¿Era Lucinda a quien Daniel amaba y viceversa?, ¿o era solo un ciclo del que no podían librarse?
“No soy yo,” le dijo Luce tristemente.
Él tomo sus manos. Ella se derritió un poco.
“Por supuesto que eres tu,” dijo él. “Siempre eres tu.”
“No,” dijo Luce. “Esto no es justo para ella, no estas siendo justo. Y además, Daniel, ella es malvada.”
“¿De quien estas hablando?” se veía como si no pudiera decidir entre tomarla en serio o echarse a reír.
Por el rabillo del ojo, luce vio una figura de blanco caminando hacia ellos desde la parte trasera de la casa.
Lucinda.
Viniendo a su encuentro con Daniel. Llegaba temprano. Su nota decía a las nueve en punto – al menos había dio nueve en punto antes de que hubiera lanzado los restos al fuego.
El corazón de Luce empezó a latir. No podían encontrarla aquí cuando Lucinda llegara. Y aun así, no podía dejar a Daniel tan pronto.
“¿Por que la amas?” las palabras de Luce salieron como en una carrera. “¿Qué te hace enamorarte de ella, Daniel?”
Daniel coloco una mano sobre su hombro – se sentía maravilloso. “Cálmate,” dijo él. “Nos acabamos de conocer, pero puedo prometerte que no hay nadie a quien ame excepto-“
“¡Ahí estas! ¡Sirvienta!” Lucinda la había visto y por el tono de su voz, no estaba feliz.
Empezó a correr hacia el mirador, maldiciendo su vestido, a la turbidez de la hierba, a
Luce.
“¿Que has hecho con mi carta, niña?”
“E-esa chica, la que viene ahí,” Luce balbuceó, “soy yo, en un sentido. Soy ella. Tu nos amas, y necesito entender-“
Daniel se volvió para mirar a Lucinda, la que él había amado – a quien amaba en esta época. Ahora podía ver su rostro con claridad. Podía ver que había dos de ellas.
Cuando se volvió hacia Luce, la mano en su hombro comenzó a temblar. “Eres tu, la otra.
¿Qué has hecho? ¿Cómo hiciste esto?”
“¡Tu! ¡Niña!” Lucinda había registrado la mano de Daniel en su hombro. Todo su rostro se había arrugado. “¡Lo sabia!” grito ella, corriendo aun mas rápido. “¡Aléjate de él, tu ramera!”
Luce podía sentir el pánico corriendo en su cuerpo. No tenia elección salvo correr. Pero primero: toco un lado del rostro de Daniel. “¿Es amor? ¿O es solo la maldición lo que unos une?”
“Es amor,” dijo con voz entrecortada. “¿No lo sabes?”
Ella se soltó de sus manos y huyo, corriendo rápida y furiosamente por el césped, de vuelta a traces de la arboleda, de vuelta al pasto recubierto por donde había llegado. Sus pies se enredaron y tropezó cayendo de bruces. Todo le dolía. Y estaba enojada. Muy enojada. Con Lucinda por ser tan desagradable. Con Daniel por la forma en que se había enamorado sin pensarlo. Con su propia impotencia para hacer algo que hacia un poco de diferencia.
Lucinda aun moriría – el que Luce hubiera estado aquí no importaba en lo absoluto.
Golpeo el suelo con los puños, y dejo escapar un gemido de frustración.
“Ahí, ahí.” Una pequeña piedra le golpeo la espalda.
Luce se sacudió para alejarla. “Déjame sola, Bill.”
“Oye, fue un esfuerzo valiente. Realmente saliste de la trinchera esta vez. Pero” – Bill se encogió de hombros – “ahora se acabo.”
Luce se sentó y lo miro. Su expresión de suficiencia le daba ganas de volver y decirle a
Lucinda quien era ella en realidad – decirle como eran las cosas en realidad.
“No.” Luce se puso de pie. “No ha terminado.”
Bill le dio un tirón hacia abajo. Él era sorprendentemente fuere para ser una criatura pequeña. “Oh, se acabo. Vamos, con el Mesajero.”
Luce se volvió hacia donde Bill estaba señalando. Ni siquiera se había dado cuenta del espeso portal negro flotando frente a ella. Su olor a humedad la ponia enferma.
“No.”
“Si,” dijo Bill.
“En primer lugar, tu eres el que me dijiste que me tranquilizara.”
“Mira, déjame darte las Notas Cliff: Eres una perra en esta vida ya Daniel no le importa.
¡Poca cosa! Te estuvo coqueteando durante unas pocas semanas, hubo uno que otro intercambio de flores. Un gran beso y luego kaboom. ¿De acuerdo? No hay nada mas para ver.”
“Tu no lo entiendes.”
“¿Qué? ¿No entiendo que los victorianos están tan congestionados como un ático y son tan aburridos como ver un fondo de pantalla? Vamos, si vas a serpentear a través de tu pasado, haz que valga la pena. Vamos a aclararlo.”
Luce no se movió. “¿Hay alguna manera para hacer que desaparezcas?”
“¿Tengo que llevarte hasta el Mensajero como un gato en una maleta? ¡Muévete!”
“Necesito ver que me ama, no solo a una idea de por culpa de una maldición a la que esta atado. Necesito sentir que hay algo mas fuerte que nos mantiene juntos. Algo real.”
Bill se sentó junto a Luce sobre la hierba. Entonces pareció pensarlo mejor y de hecho se arrastro a su regazo. Al principio, quería aplastarlo, y a las moscas zumbando alrededor de su cabeza, pero cuando él miro hacia arriba a ella, sus ojos parecían sinceros.
“Cariño, el que Daniel ame a tu verdadero yo es la ultima cosa de la que deberías preocuparte. Ustedes son malditas almas gemelas. Ustedes dos complementan la frase.
No tienes que quedarte aquí para verlo. Pasa en cada vida.”
“¿Qué?”
“¿Quieres ver el verdadero amor?”
Ella asintió.
“Vamos.” Él tiro de ella hacia arriba. El mensajero flotaba frente a ellos y comenzó a adoptar una nueva forma, hasta que casi pareció las solapas de una tienda. Bill voló en el aire, metió los dedos en un pestillo invisible, y tiro de el. El locutor se reorganizó, se redujo
a si mismo como un puente elevadizo hasta que Luce pudo ver un túnel en la oscuridad.
Luce miro hacia donde estaban Daniel y Lucida, pero no podía verlos, solo las siluetas, manchas de colores presionándose juntas.
Bill hizo un movimiento de barrido con su mano libre en el vientre del locutor. “Un paso adentro.”
Y ella así lo hizo.